El matrimonio nunca debe ser un refugio pasivo, ni un pretexto para abandonar tu propio ser. Después de despertar a esta realidad, he firmado un “contrato de trabajo” especial para mí misma: no me aferro a nadie, no me agoto internamente, y mantengo mi propia identidad mientras construyo la relación.
En este contrato, no hay entrega incondicional, sino coexistencia equitativa: asumo mis responsabilidades familiares, pero no me cargo de todos los detalles triviales; valoro la compañía de mi pareja, pero no abandono mi propio crecimiento; tolero las diferencias, pero no me comprometo indebidamente ni me humillo.
No soy una niñera gratuita ni un recipiente de emociones negativas. Defino mis propios límites, clarifico mis derechos y deberes, y no me consumo en la relación. Dedico mi tiempo a lo que realmente me importa, a mis pasiones y a mi propio desarrollo.
Un matrimonio saludable no se basa en concesiones unilaterales, sino en caminar juntos y apoyarse mutuamente. Firmar este “contrato” es ser responsable de mí misma y también del futuro de la relación. Que cada mujer pueda mantener su independencia, defender sus límites y crecer con calma y confianza en el amor y en sí misma.