Muchos hombres repiten una y otra vez que desean una mujer comprensiva, dulce y fiel. Sin embargo, cuando realmente la conocen y la tienen a su lado, no la valoran, la alejan sin dudarlo y la abandonan pronto.
Nunca es porque la buena mujer no sea lo suficientemente buena, sino que son demasiado puras y complacientes. Son tolerantes, no pelean ni reclaman, entienden el cansancio de su pareja, contienen sus propias emociones y entregan su corazón en silencio.
Los hombres anhelan la estabilidad y el consuelo que brinda una buena mujer, quieren ser comprendidos y amados con ternura. Pero cuando tienen esa tranquilidad en sus manos, se vuelven insensibles. Al no haber conflictos ni tensiones, ni tener que esforzarse por conquistarla, caen en la indiferencia.
Cuanto más sincero y leal es el amor, más fácil es darlo por sentado. En cambio, las relaciones inciertas y difíciles de conseguir son las que más los obsesionan.
La buena mujer lo da todo, agota su ternura, y al final solo recibe frialdad y abandono. En el fondo, lo que muchos buscan no es un amor duradero, sino un consuelo pasajero. La calma no retiene a los codiciosos, y la dulzura nunca llena el corazón de quienes no saben agradecer.